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Opinión

El camino hacia la nueva normalidad: Lecciones y aprendizajes (II)

En México, entre marzo y abril se perdieron 707,055 empleos con una tendencia que va en ascenso y que apunta para llegar al millón, esto sin contar lo que sucede en el sector informal, y en un escenario donde los casos confirmados de coronavirus aún siguen en aumento, solo nos queda esperar lo mejor.

En lo sucesivo y hasta que así sea necesario las medidas sanitarias nos acompañarán en esta nueva normalidad. No obstante, esa nueva normalidad tendrá implicaciones en lo social y en lo político que no podemos obviar ni desechar. Un camino con aliento a mediano y largo plazo, debe surgir (al menos) desde:

  • Una apuesta por la protección social y combate a la pobreza y desigualdad que vaya más allá del asistencialismo
  • Entender como prioridad una política de cuidados y de atención a la violencia de género
  • Fortalecer la capacidad de atención del sistema de salud y educar “hasta el cansancio” para prevenir problemas de salud pública
  • Entender a la violencia e inseguridad como un detonante de pobreza y marginación
  • Un modelo de desarrollo que busque siempre el equilibrio ambiental
  • Una manera de ejercer el gobierno que no tome como recurso principal la represión y la mano dura
  • Dejar de lado discursos de odio; abrazar y defender las libertades y los derechos humanos
  • Dejar de privilegiar el capital por encima de la dignidad humana

Pareciera que esto está disperso y que solo son aspiraciones difíciles de alcanzar, pero en realidad, es lo mínimo que necesitamos. Nunca antes había sido tan importante pensar en el futuro y esto se está convirtiendo en una carrera contra el tiempo, si no comenzamos hoy ¿entonces cuándo?

La posibilidad de construir una realidad distinta

Imagen: Alternativa Consultores

Una reflexión común en estos días, es la que cita a Juan Rulfo. “Nos salvamos juntos, o nos hundimos por separado”. El espíritu solidario que ahí se entraña es uno de los aspectos que deben quedarse. Esta pandemia por sí sola no garantiza un futuro mejor replanteado, pero sí abre la posibilidad de hacer ejercicios de conciencia que nos lleven a una realidad distinta, a una donde trabajar duro y “echarle ganas” no nos mantenga simplemente sobreviviendo y ajustándonos el cinturón.

–       Economías solidarias

Dejar de privilegiar a los grandes capitales que generan riqueza para unos pocos, es darles la mano a quienes siempre les toca la peor parte. La clase trabajadora y quienes viven al día, quienes no pueden “darse el lujo de enfermarse” ni faltar a la chamba, quienes no pudieron hacer home office; las alumnas y alumnos que tuvieron dificultades para tener sus clases en línea.

Ellas y ellos son quienes ya no pueden esperar más para que al fin tengamos un Sistema de Salud Universal bien conformado. Las desigualdades son enormes y debe dar más miedo que a diario niños y adolescentes vayan a la cama sin cenar o que vean en el crimen organizado una oportunidad, que abrir conversaciones que nos lleven hacia una reforma fiscal progresiva. ¿Cuánto tiempo más debe pasar para que en México sea una realidad el seguro de desempleo o una renta básica para quienes están por debajo de la línea de bienestar?

Cuando se trata de alentar al PIB, no hay duda en el discurso de poner a México como una de las economías más fuertes de América Latina, pero paradójicamente nuestro país no marca una pauta a seguir en Latinoamérica y replica las mismas condiciones que hacen a esta región del mundo una de las más desiguales en todo el planeta.

–       Medio Ambiente saludable

“El covid-19 de ninguna manera tiene un lado positivo para el medio ambiente”, sentenció hace unos días Inger Andersen, directora del programa ambiental de la ONU.

Sin equilibrio ambiental no existe un desarrollo viable. Durante esta pandemia hemos percibido que el planeta ha “descansado” de la actividad humana y este dato puede ser cierto. Lo que también es cierto, es que no estamos hablando de una acción integral y continua, sino de un contexto anormal causado por la pandemia.

Trabajar desde casa cuando así sea posible o reducir horarios de trabajo, no necesariamente debe traer como consecuencia una baja productividad y sí contribuir a despejar las calles de automóviles. Poner al ambiente al centro de nuestras dinámicas, es reconocer la crisis ambiental y climática que también está sucediendo y actuar en consecuencia: Repensar nuestras ciudades como sitios armónicos y conectados; dejar de invertir en actividades que generan un alto impacto ambiental; impulsar una agricultura que sea aliada en la conservación de la biodiversidad, son solo algunos aspectos que deben pasar a ser parte de la nueva normalidad.

El establecimiento de fuentes de trabajo, no deben ser sinónimo de depredación de ecosistemas. El pacto entre empresas contaminantes y gobiernos complacientes debe romperse.

Dicen que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Después de esto, el camino será cuesta arriba. Tomemos el futuro en nuestras manos, ayudémonos y pensemos como generación en lo común y en lo colectivo. Entre tanto, los gobiernos deben aprender a escuchar más y dejar de ser una caja de eco de sus propias ideas, pues los debates vacíos y el individualismo poco ayudan al momento de generar soluciones.

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