El panteón de Zapotlán, más de cien años de historia

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El panteón de Zapotlán, más de cien años de historia

De fondo se escuchan el mariachi y la banda, de manera alternada interpretan sones, corridos, rancheras y canciones de tristeza. Los colores de la flor de cempaxúchitl y el papel picado, dan vida a la casa de los muertos.

Entre el murmullo de la plática familiar junto a las tumbas, los padres nuestros, las alabanzas y uno que otro grito de quien vende tuba fresca, puede observarse a una mujer solitaria, mayor, alrededor de 70 años.

En total silencio coloca unas flores de cempaxúchitl que le ofrece al alma de su hermano.

De pronto, el silencio se corta con un llanto. El mariachi, al ritmo de la canción “Cual estrella” revolvió sus recuerdos y sentimientos, las lágrimas no pudo contener al escuchar el coro “tú que ya estás allá, dime cómo es el cielo”.

“Yo me siento muy triste, esto no es gozo, para mí no es gozo. A mí, mi hermano me cuidaba mucho, ¿usted cree que yo no lo extraño? Le digo, ‘me siento sola hermano, ya no estás conmigo y me siento sola. Ya nunca te voy a ver, nunca’. ¿Y qué hacemos? Aguantarse uno, no hay de otra.”

Para ella el día de muertos no es celebración, es sufrir al recordar el hueco que dejó su ser amado al marcharse al otro mundo. Pero le queda un consuelo, voltea al cielo y le dice a su hermano “algún día volveremos a estar juntos”.

En contraste, el día de muertos para la mayoría de los mexicanos es una celebración que significa la unión entre el mundo de los vivos y el de los muertos, lo que permite que de manera espiritual, los seres queridos que ya fallecieron, visiten nuevamente la tierra que los vio nacer, crecer y vivir.

Desde los últimos días de octubre y hasta el dos o tres de noviembre, los panteones reciben la visita de los vivos que van, limpian y adornan las tumbas de sus difuntos; les rezan, les cantan, los recuerdan.

Construyen ofrendas para recibirlos en grande, con una fiesta que contempla flores, comida y bebida; la que más le gustaba al celebrado. También es una oportunidad para que las familias se unan y convivan, rían y lloren, todo por los recuerdos que una fotografía, un olor, sabor o una tumba, traen a la mente.

En Zapotlán, la fiesta se vive en grande, con danzas, bandas, mariachis, pan de muerto y todo un tianguis floral y gastronómico a las afueras del panteón.

El día de muertos es cultura, celebración, mística e historia… Zapotlán no está ajeno a todo esto y es por esta razón que te invitamos a conocer algunos datos e historias que tal vez no conocías del panteón municipal Miguel Hidalgo, el recinto donde ahora descansan los fieles difuntos zapotlenses.

La historia de los cuatro panteones de Ciudad Guzmán

El primer panteón del que se tiene conocimiento fue en el barrio de la Izotera, ubicado entre las calles Mariscal y Moctezuma, actualmente por ahí ya está lleno de casas. Era un lugar que estaba circulado por izotes, el izote lo utilizaban normalmente para hacer los manojos de alfalfa que vendían por aquí en la región, ahí fue el primer panteón.

Posteriormente se acaba ese terreno y se vienen hacia el centro de la ciudad, en donde está actualmente el Sagrario, ahí fue el panteón, dejo de serlo precisamente porque era el centro de la ciudad y la mancha urbana se empezó a extender.

Después, se viene a la calle Antonio Caso, donde actualmente está la primaria Basilio Vadillo y Vicente Guerrero. Estuvo ahí hasta el año de 1848, cuando hay una epidemia en Ciudad Guzmán, de Cólera Morbus, fallecían de 19 a 20 personas diarias. Hicieron fosas grandes y los sepultaban ahí, a unos todavía vivos, pero en fase terminal.

Siguió funcionando este panteón en Antonio Caso, hasta el año de 1968, en este año lo destruyen totalmente y hacen una cancha de futbol que llamaron los muchachos del barrio, “el calaveras”, hasta que las autoridades consideraron hacer la escuela primaria. Aún hay vestigios de este panteón, me ha tocado visitarlo, hay un sótano que llenaron de escombro, salía hacia la calle Manuel M. Diéguez y cabía una carreta, que era por donde metían los cuerpos que inhumaban en ese lugar.

Cuando se destruyó el panteón, se sacaron restos áridos de quien quiso sacar, y se los trajeron al panteón nuevo (Miguel Hidalgo), otros quedaron en la parte interna, incluso todavía había placas pegadas hacia las casas aledañas a ese cementerio. Llegó quien hizo los cimientos de la escuela, y las borraron totalmente, pero hay vestigios todavía ahí, si se pusiera uno a escavar encontramos restos áridos de personas sepultadas en ese sitio.

En el año de 1900, empieza prácticamente a funcionar este cementerio (Miguel Hidalgo). Así lo indica todo lo que corresponde a la parte interna, lo que son las primeras capillas que están aquí; la de los Villanueva, los Toledo, de los Mendoza, la llamada del “Cristo sin cabeza”.

Este espacio, a pesar de considerarse de manera oficial como panteón en 1900, desde 1848 comenzó a recibir inhumaciones a raíz de la epidemia de cólera. En ese tiempo, se dice que las autoridades compraron una carreta que crujía por las calles y zanjas del panteón, hacia el cementerio que estaba en la escuela Vicente Guerrero. Mis antepasados decían “síguete portando mal y te va a llevar la carreta de la muerte”, porque cargaban 19 o 20 cuerpos diarios.

A pesar de conocerse de las inhumaciones en 1848, el registro palpable más antiguo que se tiene del panteón, data de 1897.

Narración del señor Enrique Hernández, quien por 40 años ha dedicado su vida al panteón municipal.

 

La niña Carolina y otras leyendas

Para muchos, el panteón, en su contexto general, es sinónimo de miedo, de actividad paranormal. El cementerio Miguel Hidalgo de Ciudad Guzmán, no es la excepción y también cuenta con diversas leyendas que a muchos los atrae y a otros los aleja.

Una de las más famosas es referente a la “Niña Carolina”. Se dice que en el año de 1923, a una familia le falleció una niña de aproximadamente cinco o seis años.  Cuando la sepultaron, le construyeron una pila con la idea de crear una fuente, por alguna razón quedó inconclusa.

La pila se tuvo que mover hasta que aproximadamente en el año de 1970, se colocó justo al ingreso principal del panteón. Fue terminada como fuente hasta el año de 1996.

Cuenta la leyenda que la mamá de la “niña Carolina” enloqueció, al grado de acudir diariamente a la pila a llevar desayuno, comida y cena, así como cambio de ropa a un maniquí que fabricó. Se rumora que la niña se aparece a merodear en los alrededores de la fuente.

También hay otra niña sepultada en el área de “angelitos”, cada año le llevan juguetes a su tumba. Los padres de familia un día comenzaron a espantar a sus hijos diciendo que ella se llevaba a los niños, tanta fue la réplica del mensaje, que se convirtió en una “historia de terror”.

La otra leyenda que es muy conocida entre los visitantes al panteón, es la del “Cristo sin cabeza”, se cree que hace milagros, por lo que recibe a muchas personas durante el año, quienes le llevan ofrendas para hacerle peticiones.

El Cristo tiene relevancia por su participación en la Revolución Cristera, ya que fue refugio para algunos cristeros que buscaban ocultarse. Sin embargo, el comandante del ejército los encontró y los colgó en las afueras del panteón, acto seguido, le cortaron la cabeza al Cristo.

Durante mucho tiempo, la cabeza estuvo colocada a un costado del Cristo, pero un día llegó el descendiente de los propietarios de la capilla y la llevó con él, pero buscan recuperarla para que los visitantes puedan observarla.

El Panteón Miguel Hidalgo, hogar de personalidades zapotlenses

Urgente reparación de capillas antiguas y de un nuevo espacio para panteón

El cementerio Miguel Hidalgo, tiene muchas historias más para contar, para muestra toda la infraestructura antigua con la que cuenta, gran parte fechada en el año 1900, por esta razón, las capillas antiguas, están protegidas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), pero protegidas, en este caso, no es sinónimo de preservadas, ya que no han creado un proyecto de conservación, o destinado presupuesto para su reparación.

Por la antigüedad que tienen (más de cien años), muchas están a punto del colapso, pero no pueden ser intervenidas sin el permiso del INAH, que además condiciona su conservación a un proyecto que a la postre, resultará costoso, y la falta de presupuesto ha dejado en el olvido esta parte de la historia de Zapotlán.

Cuenta don Enrique Hernández que, en los últimos años, ha nacido la idea de crear un patronato que se encargue de la gestión de recursos para darles el mantenimiento que requieren, pero hasta el momento, solo es eso… una idea.

El panteón, cuando se fundó con una extensión de 10 hectáreas, se creyó que nunca se llenaría, sin embargo, 118 años después, ya no hay espacios suficientes. Hasta el momento, las iniciativas de buscar un nuevo espacio no han dado frutos. Para dar una solución inmediata al problema, las autoridades del panteón se ven obligadas a reutilizar espacios antiguos que están prácticamente destruidos por su abandono.

El panteón municipal, tiene aún mucho más por contar, cada tumba tiene su propia historia, y a pesar de la falta de atención, ha logrado mantenerse en pie por más de un centenar de años, recibiendo miles de personas cada noviembre, personas que nunca olvidarán cada momento feliz o triste que pudieron disfrutar al lado de ese ser amado que ya no está, que se ha ido y que viene de visita cada día de muertos…

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