Las Carrilleras de Adelita | Entender a la prensa desde el poder

Opinión

Las Carrilleras de Adelita | Entender a la prensa desde el poder

Rieleras y juanes, el buen periodismo es incómodo, y este es un entendimiento que la clase política, o las personas con poder a través de la política difícilmente logran asimilar.

La clase política se asume alrededor del poder que ostenta. Esto es, la carrera por ocupar un espacio de importancia en la vida pública de un país, seguramente para muchos buenos políticos, es para ejercer su capacidad de influir a fin de mejorar los procesos sociales, económicos, sanitarios, de seguridad u otros vitales en el desarrollo de una entidad.

Existen otros miembros de la clase política, no tan benévolos y desinteresados, que quizá en el discurso les interesa el bien común, pero en la realidad lo que pretenden es el acceso a recursos económicos y un trato favorecedor para él o ella y sus allegados. Las noticias de los últimos años han dado cuenta de muchas historias de este tipo.

Como quiera que sea en ambos casos, la clase política lo que busca es el poder, unos para el bien común, otros para el beneficio particular. Sin embargo, la ostentación del poder para la gran mayoría implica un ejercicio de él casi ilimitado y no conciben que existan voces críticas de su ejercicio de poder.

Los buenos porque obnubilados por el brillo del poder no alcanzan a percibir que sus actos, como muchos humanos, son siempre perfectibles; los no tan benévolos porque en su arrogancia pretenden hacer gala de su poderío para el beneficio propio y que nadie se atreva a disentir.

De aquí viene el poco entendimiento o la ignorancia plena que la clase política tiene del papel del buen periodismo, que indaga, comprueba, señala, exhibe, ese que se diferencia de la frase lapidaria:

“Hasta la ignominia señor presidente” como acusara Rafael Rodríguez Castañeda en Prensa vendida, a los miembros del gremio periodístico de la prensa nacional que se olvidaron del papel democratizador que la libertad de expresión le confiere a su ejercicio, para mimetizarse acomodaticia y convenencieramente, con el discurso oficial.

Hacer buen periodismo es complicado por las enemistades que implica, “no soy monedita de oro” es una buena manera de decirlo de manera sintética.

Pero también es muy satisfactorio cuando resultado de las historias hechas públicas se toman acciones para reivindicar la justicia para una persona, una comunidad, un estado, una nación.

Suertudos los periodistas de México que todos los días tienen historias qué reportar por la alta incidencia de abusos de poder que se dan, no tanto si el ejercicio del mensajero constantemente se ve amenazado por poderíos, pequeños y de gran escala, que no han entendido el papel democrático fundamental y visualizador de la prensa.

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