La vida entre las tumbas: historia de un sepulturero

Alianza

La vida entre las tumbas: historia de un sepulturero

Por Darinka Rodríguez | Letra Fría

El viento sopla muy despacio. Agita las hojas de los árboles apenas lo suficiente para recordarnos que el tiempo continúa avanzando. El sol de la tarde baña las alas inmóviles de un ángel de cemento, que custodia lo que posiblemente sea la tumba de un niño. La lápida ha sido devorada por los años, y resulta imposible apreciar el nombre y la fecha de quien yace ahí debajo, ajeno al resto del mundo. La escena se repite a lo largo de todos los pasillos del cementerio; un centenar de figuras inmóviles difuminadas por el atardecer, velando el eterno sueño de un sinnúmero de personas.

El silencio se ha impregnado tanto en este lugar, que da la impresión de que a excepción de las ocasionales visitas para recordar a los que ya abandonaron este mundo, los vivos no suelen caminar por estos pasillos, y el panteón se encuentra desierto la mayor parte del año. Sin embargo, los sepultureros vienen a trabajar aquí todos los días.

“Mi horario de trabajo aquí es de 8 de la mañana a dos de la tarde. Nunca nos quedamos después de que oscurece. De todas formas no me asusta el panteón de noche. A mí no me dan miedo los muertos, más bien me asustan los vivos, a esos sí hay que tenerles cuidado. Por eso me gusta mi trabajo, con vivos casi no trato aquí”, me dice Andrés, que está sentado en una banca agrietada, bajo un árbol de ramas muy torcidas.

Andrés Chávez Leal, a quien me encontré trabajando mientras caminaba por el panteón “Los Colomos”, tiene piel de cobre, imagino que a consecuencia de tantas horas expuesto al sol, porque cuando miro la parte interior de sus antebrazos, percibo que la piel es mucho más clara que la que cubre el resto de su cuerpo. También tiene los ojos aceitunados, siempre a la sombra de su cachucha, y su estatura roza el metro setenta.

Es amable y por el tono y la fluidez de su voz, advierto que es una persona que disfruta de la conversación. Me pregunto si a veces cuando nadie lo mira, también platica con las tumbas de las personas a las que ha sepultado a lo largo de los 15 años que lleva trabajando en los panteones de Autlán. Andrés trabaja en los cuatro panteones que hasta la fecha existen en la cabecera municipal de Autlán; Los Colomos, La Soledad, Los Dolores y el Parque Funeral.

Andrés tiene una mirada inquieta, sus pupilas no se detienen más de un segundo sobre un mismo lugar; se posan en el cielo, enseguida bajan a las tumbas, recorren las fechas de las lápidas, se mecen a la par de la hierba crecida y las flores silvestres. Él me confiesa que tiene mucho tiempo recorriendo y memorizando la geografía de los cementerios, pues incluso antes de comenzar a trabajar formalmente como sepulturero, acompañaba a su padrastro que fue de quien heredó el oficio, para ayudarle con las diferentes tareas que desempeñaba en los panteones.

“Aquí trabajaba mi padrastro. Un día llegó a la casa y me dijo que había una vacante y me integré al equipo de sepultureros. Cuando inicié a trabajar yo ya tenía conocimiento de este oficio, porque cuando venía con él a ayudarle fui mirando, y aprendiendo cómo le hacía para cavar, para hacer las tumbas y bajar los cajones. Por eso me integré rápido con los demás trabajadores, y les pude aguantar el ritmo. Es verdad que muchas cosas nunca las había hecho, pero ya tenía algo de experiencia”, compartió a Letra Fría.

El sepulturero se levanta de la banca en donde estábamos sentados y se dirige hacia el final de uno de los pasillos del panteón, donde se alcanza a distinguir a otros hombres trabajando. Con la mano me hace una seña para que lo siga, y caminamos en dirección a la parte del panteón que está en crecimiento. Saluda a sus compañeros de manera efusiva, ellos le devuelven el saludo con alegría; bromean entre ellos, se cuentan chistes que sólo ellos entienden, y los ecos de sus risas reverberan entre las estatuas de las tumbas.

Nos acercamos para observar el trabajo de los sepultureros a la menor distancia posible. Andrés inclusive me invita a pararme en la orilla de la fosa recién excavada, y los dos asomamos la cabeza para medir su profundidad; son alrededor de cinco metros bajo tierra. Nos cuesta apartar la vista del foso, el vacío es un imán poderoso. Finalmente ponemos distancia de la recién excavada tumba, y él comienza a profundizar un poco más en las labores que realiza diariamente como parte de su oficio.

“Así como lo vio allá atrás nos ponen a construir las tumbas. Todos los días tenemos que reportar un avance de tumbas ya construidas, para que los servicios de sepulturas no nos tomen desprevenidos, y después no andar a la hora de la hora a las carreras. Tenemos que llevar un control de las tumbas ya hechas. Cuando no hay servicios de sepulturas, porque sí hay días que no enterramos a nadie, pues nos dedicamos a la limpieza del panteón. También hacemos las lozas de cemento con las que se cubren las tumbas. En fin, cuando no hay servicios aprovechamos el tiempo para muchas cosas. Pero la prioridad son las sepulturas, que es bajar los cajones con los cuerpos y después tapar la tumba”, me explicó mientras señalaba constantemente el sitio donde sus compañeros se encontraban cavando.

¿Normalmente cuántas personas sepultan por día? pregunto. Él responde que es algo muy cambiante, sin embargo, me dice que al tanteo se trata de unas dos personas al día. Entonces, de pronto el semblante le cambia, se pone muy serio y me dice que hace un año era raro el día que no había entierros, y que el trabajo los sobrepasó, todo a raíz de la pandemia por coronavirus.

“Hubo un momento en que sí nos asustamos con la cantidad de cuerpos que estaban llegando a los panteones. Porque por un decir, antes de la pandemia sepultábamos, qué se yo, alrededor de seis u ocho personas a la semana. Pero ya cuando llegó la pandemia comenzamos a sepultar hasta 28 a la semana, cuando menos teníamos eran 15 personas, pero no bajaba de ahí. Va a parecer una exageración pero en ocasiones nos tocaba en un mismo día sepultar hasta ocho muertos”, dijo.

El año pasado el ritmo de trabajo que se les exigía a los sepultureros se incrementó de manera radical, y para el grupo de trabajadores al que pertenece Andrés, donde por turno son solamente cinco personas quienes atienden las demandas de los cuatro panteones del municipio, no pasó mucho tiempo antes de que la situación comenzará a impactar en su salud física y emocional.

De acuerdo con información oficial de la Secretaría de Salud Jalisco, durante el 2020 el COVID-19 se convirtió en la segunda causa de muerte en Autlán de Navarro. De acuerdo con el registro “Principales Causas de Mortalidad General”, un total de 63 personas fallecieron a causa del coronavirus. Esta cifra aparece solo por debajo de las 70 defunciones registradas por enfermedades isquémicas del corazón. La tercera causa de mortalidad fue la Diabetes Mellitus, enfermedad que cobró la vida de 44 autlenses durante ese mismo año.

Debido a ese panorama un miedo latente comenzó a propagarse entre los sepultureros, pues pese a las medidas sanitarias dispuestas por autoridades estatales y municipales, los deudos que acompañaban a las personas que fallecían a causa del coronavirus no respetaban el número de personas permitidas dentro de los panteones, y tampoco hacían uso correcto del cubrebocas. Por esta razón los sepultureros vivían todos los días con la incertidumbre de contagiarse por estar expuestos al contacto con posibles portadores del virus SARS-Cov-2.

“Mucho trabajo se nos vino encima, y todo eso con el pendiente de nuestra familia, porque aquí teníamos mucho contacto con personas que acababan de fallecer por el Covid. La verdad no era suficiente el cubrebocas y el gel antibacterial que nos daban los de panteones para que nos protegiéramos. Hubo un tiempo en el que sí se respetó la cantidad de personas que entraban a un servicio fúnebre por coronavirus, podían ser nada más 25 personas, ahora sí que los familiares más allegados al fallecido. Pero ya después les valió, y pues nosotros no sabíamos si las personas se habían cuidado al tener contacto con su familiar antes de fallecer”, cuenta Andrés y añade que además fue muy fuerte a nivel emocional de repente tener que enterrar a algún familiar o un conocido que había perdido la vida por la enfermedad.

Por ese tiempo, reconoce que su trabajo también lo puso a pensar en su propia muerte, en el hecho de que al igual que todos algún día tendría que atravesar esa puerta hacia lo desconocido. Andrés acepta que esa idea le provoca un poco de miedo. Sin embargo, está seguro que la muerte es el final, pues afirma no encontrar razones para creer en la vida después de la muerte.

Cuando el sol alcanza su cenit antes de comenzar a descender entre los cerros, Andrés se prepara para la hora de la comida, que es uno de los momentos que más disfruta del día a día en su trabajo. Él y sus compañeros se juntan debajo de un árbol, y dan vuelta a un par de cubetas para usarlas como sillas. Otros se sientan sobre algún pedazo de cemento que horas más tarde pasará a formar parte de alguna tumba. La Coca Cola pasa de mano en mano, y las anécdotas fluyen entre cada bocado de tortilla. La comida es la oportunidad de que los sepultureros se pongan al corriente de lo que aconteció durante la jornada laboral de cada uno de ellos.

“Lo que más disfruto de mi trabajo es la convivencia con mis compañeros. Tengo 15 compañeros en total, y me los encuentro en los diferentes panteones. Lo primero que hacemos al llegar a trabajar es juntarnos a desayunar, es en lo primero que pensamos”, acepta entre risas.

Ahora que el ritmo de trabajo regresa poco a poco a la normalidad, Andrés ha vuelto a tener pequeños ratos libres y ha recuperado ciertas costumbres que había perdido por falta de tiempo; visitar la tumba de su madre es una de ellas. Cuando le toca trabajar en el panteón Los Colomos, y tiene la oportunidad de descansar unos minutos, camina hasta la tumba de su madre, su lugar favorito de este cementerio, para platicar con ella.

El primer recuerdo que tiene de este panteón fue de cuando fallecieron sus abuelitos y vinieron a enterrarlos aquí. Desde entonces dice que les prestó mucha atención a los sepultureros, que se coordinaron de forma perfecta para preparar la tumba y bajar el cajón. Andrés espera que aún falten muchos años para que se construya su último recuerdo en “Los Colomos”, pues le gustaría seguir ejerciendo su oficio por mucho tiempo más.  Un oficio que ya marcó parte importante de su historia. Por eso se emociona cuando sus hijos demuestran interés por el trabajo de sepulturero, pues piensa que podría ser parte de su familia por una generación más.

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